El Auditorio Nacional se agitó desde sus entrañas. Una horda de verdaderos fanáticos se encargó de ello. Manifestaron su devoción a través del canto. Los asientos no fueron ocupados porque todos se mantuvieron de pie. Esa noche estuvo destinada a elevar el alma. James estaba de regreso y México fue uno de los países designados para tal evento.
Sin parafernalia. Quedó claro que no la necesitan. Ellos y su música bastan. “Say Something” fue el llamado al rito que llevaría a los miles de espectadores al éxtasis; “Destiny Calling” la confirmación de que el brit-pop de esta banda nacida en Manchester ya forma parte de la historia de la música.
Tim Booth pudo desaparecer durante un tiempo, pero no por siempre. En su rostro, contagiado por la fuerza de ese momento, se dibujó una sonrisa, como la de aquellos que se saben amados. Sus compañeros en esta aventura que inició a mediados de los ochenta: Larry Gott (guitarra), Jim Glennie (bajo), Saul Davies (guitarra), Mark Hunter (teclados), el elegantemente salvaje Dave Baynton-Power (batería) y Andy Diagram (trompeta); cada uno con su personalidad, con su propia esencia inyectaron, a través de su instrumento, la energía a cada una de las gargantas que se unieron a lo más reciente de su producción Hey Ma, “Oh My Heart”, “Waterfall” y “I Wanna Go Home”.
Como atravesar el mar, entre aguas tranquilas y feroces, James no dio tregua. Tim Booth es un maestro del escenario y su sola presencia, su electrizante baile y su interminable girar fueron componentes para sentir el éxtasis por el que este cantante transita cada vez que se enfrenta a un público poderoso; para convertirse, a la vez, en un ser aún más grande. Andy Diagram, ataviado en un vestido rojo, recordaba aquella época noventera cuando presentaron al mundo su disco Laid.
Por momentos estáticos, reventaban esos instantes con un estruendoso rock que volvía a reposar al violín y a la guitarra acústica. “Ring the Bells”, “Senorita”, “Born of Frustration”, “Top World” y “Getting Away”, “Tomorrow”… no hubo una que no fuera coreada. No hubo una que no provocara a los fans elevar sus brazos, abrirlos y agitarlos. Una primera salida del escenario y las peticiones seguían. “Just Like Fred Astaire”, “Sometimes y “Laid” no fueron suficientes. Salieron por tercera ocasión, lo que pocas veces se logra ver en el Coloso de Reforma. El encore, por un momento, volvió a recuperar su sentido. La sorpresa y la gratitud se unieron en honor de la música.