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vfernandez_06.jpg Vicente Fernández canta mientras uno no deje de aplaudir

Por Carlos Ramón Morales

Tres años habían pasado de que Vicente Fernández se presentó por última vez en el Auditorio Nacional. De ahí la ansiedad de su público capitalino, alrededor de 10 mil personas dispuestas a corear y aplaudir todas y cada una de las interpretaciones del Charro de Huentitán.

Tras dos canciones interpretadas por su mariachi Azteca, hacia las 20:45 apareció Vicente al escenario, con su obligado traje de charro negro y sombrero blanco. Arrancó con “Qué chulada de mujer”, ante las primeras aclamaciones del público. Después enunció lo que ya se ha vuelto consigna de su espectáculo “Mientras ustedes no dejan de aplaudir este charro no deja de cantar”. Por supuesto que el público lo agradece con más aplausos. La consigna, que no deja de sonar a bravuconada, en realidad crea la alianza del artista con el auditorio: Chente sabe que se debe a su gente y por eso se prodiga a granel. Y no escatima en el derroche: su segunda canción es la popular “Por tu maldito amor”. ¿No tendría que administrarse, guardarse los éxitos para después? Vicente Fernández no diseña playlist dramáticos. Sabe que cualquier canción de su repertorio se recibe con gozo. De ahí que sin discriminación salte de Martín Urieta a Juan Gabriel, de Juan Gabriel a Federico Méndez y de Federico Méndez al “más grande compositor ranchero”, José Alfredo Jiménez.
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Tan canoso su pelo como negro su bigote, Vicente Fernández está lejos de ser un galán metrosexual. De hecho, mientras lo escucho filosofar con la canción “Mujeres divinas”, se me ocurre que nunca se le dio muy bien lo de galán. Le tocó ser bisagra entre los grandes charros –Negrete, Pedrito, Antonio Aguilar– y la nueva hornada de charros flexibles que no tienen empacho en cambiar la canción bravía por algún juguetito tropical o pop. A Vicente le ha tocado ser un charro de la crisis, que sobrevivió a ella y por eso ahora se le reconoce como el más fraternal de los amigos, como el hombre de experiencia que desde su imponente voz denota autoridad y sabiduría. “Se preguntarán por qué los quiero tanto y les diré que los quiero por cómo me hacen sentir, al regalarme estos aplausos por más de 40 años”, confiesa ante un auditorio entregado a él.

 El Vicente Fernández de 2008 es superior al hijo del pueblo de los setenta, o al mexicano en la México de los años ochenta. Es un Chente que ya no tiene que demostrar nada, que ya fue y vino por televisoras, palenques y charreadas, que bebe y fuma en el escenario ante el beneplácito del público, que sin darse cuenta canta dos veces “De qué manera te olvido” ante la gente que se lo celebra: –Pero la segunda vez nos salió mejor, ¿o no?

Vicente presume, Vicente baila, Vicente coquetea. Al final de la canción “Acá entre nos” aleja el micrófono y deja que su sola voz de tenor llene toda la mole. Sigue un minuto de aplausos de pie. Él agradece con humildad estudiada. Pues si a Vicente Fernández se le ha llamado El Cuarto Tenor, ¿por qué no presumirlo ante un público asombrado?

Una a una se intercalan las canciones propias de su repertorio moderno, como “La mentira”, “Lástima que seas ajena”, “Nos estorbó la ropa”, “Mujeres divinas” o la de moda “Para siempre”, que las del repertorio común, como la “Serenata Huasteca”, “La diferencia”, “Ella” o “Ya lo sé que tú te vas”. Antes de cantar su versión de “El amor de mi vida” de Camilo Sesto, se da el tiempo de agradecerle a su esposa, doña Cuquita, por sus 47 años de matrimonio. “Cuando cumplamos 50 le voy a pedir que se case nuevamente conmigo”. Y aprovecha el tema de “La cruz de olvido” para presentar a su mariachi Azteca, además del requinto de Rodrigo Cortés y los teclados de Javier Ramírez.

vfernandez_02.jpg Hacia las 2 horas y 15 minutos de iniciado el concierto pregunta a la gente si ya se cansó. El público grita y aplaude, aunque algunos sitios ya están vacíos porque el metro pronto se volverá calabaza. Queda clara la intención del charro: cantar y cantar hasta empachar a todo el auditorio. El espectáculo de Vicente Fernández es como una enorme fiesta de pueblo, donde la alegría es sinónimo de saciedad, donde uno se nutre de canciones hasta hartarse, y todavía hay itacate que se tararea con las ganas de echarse unos tequilas!

No falta el momento culminante de “A mi manera”, ni las melodías burlonas como “Estos celos”. Sus últimas canciones son “El rey” de José Alfredo Jiménez y “Volver, volver”, acaso su melodía emblemática. Hay que reconocer: los aplausos finales no son tan rabiosos como al principio, porque es cierto, el de Huentitán logra dejar por demás saciado a su público. Sin embargo, la sensación de la salida es plena, colmada. Vicente satisface como los grandes. Con generosidad, sin escatimar nada. Entregándose a plenitud en más de tres horas de canción en canción.






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  Comentarios (1)
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 1 Escrito por chiclali, el 29-09-2008 23:46
tuve la oportunidad de verlo el 15 de septiembre y fue lo máximo nunca antes lo había visto en concierto y quede muy satisfecha y concuerdo con la reseña del concierto